Buscaremos en la conferencia plantear que la
ciudadanía “acontece” en la infancia, y que, al mismo tiempo, es la infancia la
que transforma la ciudadanía en “acontecimiento”. Tomamos la idea de
acontecimiento o evento tanto en el contexto de una deconstrucción genealógica
(en las huellas de Nietzsche, Heidegger,
Badiou) de las fijaciones históricas del concepto de
ciudadanía y de infancia, como en el contexto de lo que llamamos la infancia
como “facundia interpelante” (interpretando la hospitalidad incondicionada del
rostro de la infancia que interpela, Levinas), que nos hace, como ciudadanos,
responsables de los “recién llegados”
(Como diría
H.Arendt).
La ciudadanía “acontece” en la infancia
Durante mucho tiempo hemos in-tentado describir la
ciudadanía como una cualidad que se adquiere cuando se pasa de un estado a otro
estado.
A. En nuestra memoria histórica este “paso” fue
planteado primero desde la distinción entre la mera vida o la vida desnuda
(zoé, en el vocablo griego que utiliza Aristóteles), lo que simplemente
compartimos con todos los otros vivientes, y la vida calificada desde la
posibilidad de elegir un estilo de vida (bíos, otro término griego que se
distingue de la mera vida o zoé), que viene dado por ser los hombres, a
diferencia de los otros seres anima-dos, vivientes que tenemos “logos”, es
decir: podemos pensar y hablar2.
El tener “logos” nos permite actuar (y no meramente
movernos) y por eso somos naturalmente políticos, es decir, pertenecientes a
una polis, en-tendida como “comunidad política”, y no meramente individuos
pertenecientes a una especie determinada. La “naturaleza política”, se
actualiza como pertenencia a una determinada “polis”: los que están fuera no
son “ciudadanos”, sino “bárbaros”.
En este contexto amplio, sin embargo, aparecen
importantes restricciones, porque el estilo de vida activa, es decir
“política”, es, ciertamente, una opción ética, contrapuesta a un estilo de vida
meramente hedonista o placentero, que nos exige apartarnos de lo público (como
dice una sentencia del filósofo helenista Epicuro) y a un estilo de vida
puramente contemplativo, propio de los sabios, que se caracteriza por llevar al
límite la autosuficiencia (la autarquía, o gobierno de sí mismo)3,
sin necesitar de los otros. Pero, además de los diferentes estilos de vida (que
implican una opción ética, como dijimos) hay también fuertes condicionamientos
dados por diferencias naturales que reducen la acción a una mera “labor”, en el
caso de las mujeres, o a un mero “trabajo”, en el caso de los esclavos,
reducción aún más marca-da en el caso de la infancia, definida como no hablante
ni pensante, que simplemente tiene que ser cuidada, alimentada e instruida4.
Es decir, el concepto de ciudadanía jerarquizó, en la
comunidad política misma y por razones naturales, los ciudadanos plenos,
separándolos de algo así como “ciudadanos de segunda”: mujeres y esclavos, que
actúan y pertenecen a la polis, y por lo mismo pueden ser virtuosos o viciosos,
pero no pueden entrar al ágora a deliberar por el bien ni ser seleccionados
para legislar o ejercer el poder de juzgar, y se reserva a la infancia, que
pertenece a la polis pero no actúa, el carácter de “ciudadanía en potencia”, en
el mejor de los casos.
Con frecuencia repetimos aún hoy esto al decir que
educar a la infancia es educar a los ciudadanos del futuro.
B. Con el profundo cambio que implicó el mundo moderno el “paso” se
interpretó de otra manera. El punto de partida es ahora el individuo en
“estado de naturaleza”, es decir: presocial,
independiente de toda pertenencia a un orden cultural y a supuestas jerarquías
dadas, ya que en ese estado todos somos iguales y libres. Como sabemos la
“ficción” de este estado de naturaleza fue necesaria para fundamentar la
creación del orden político, que ya no es dado por naturaleza, sino que tiene
que apoyarse en el único fundamento ahora admitido, el carácter de ser
in-dividuos que piensan, porque desde esa condición que nos da como individuos
el derecho a auto-conservarnos como vivientes y a auto-realizarnos por el
trabajo, acordamos vivir bajo normas y leyes legitimadas por ese acuerdo
original, el contrato social. Ya no somos “naturalmente políticos”, simplemente
porque podemos actuar, sino que nos convertimos en “ciudadanos” cuando entramos
al contrato social y aceptamos la condición de “súbditos”, como expresa Rousseau, porque nos sometemos al poder que
nos representa, el cual tiene, como obligación primera, res-petar la libertad y
la igualdad, desde donde se hizo el contrato que lo legitima. Empieza a tener
importancia la distinción de un derecho “natural”
(Es decir, presocial, en el sentido del llamado
“ius-naturalismo” moderno) y un derecho “ciudadano” (es decir, contractual). No
es casual que la primera declaración universal de los derechos sea “del hombre
y del ciudadano”. No es que el hombre sea “naturalmente” político, sino que
tiene la posibilidad de ser “naturalmente” contrayente, porque todos somos
individuos ideales y libres.
*Carlos
Cullen es Profesor en las Faculta-des de Filosofía y Letras y de Psicología de la Universidad de Buenos
Aires.
Al no estar “naturalmente” determinada la infancia, como lo “femenino” y
“el trabajo esclavo”, empieza a ser construida “socialmente” y con esa
construcción se la aleja del ingreso a la ciudadanía (reservada a la mayoría de
edad), si bien se proclama el derecho universal a la educación. El niño es
sujeto de derechos, pero que deben respetar y garantizar otros. La vida ciudadana,
aquello que los griegos llamaban la “vida activa” no corresponde a la infancia.
Más allá de la enorme importancia de este paso
moderno que basa la legitimidad de la ciudadanía en la libertad e igualdad, que
definen ahora la condición humana como derechos fundamentales, empieza a tener
fuerza una nueva distinción: los civilizados (politizados, en griego) y los
simplemente “salvajes” o, nuevamente, “bárbaros”. Ciertamente no como
jerarquías naturales pero sí como construcciones sociales, sigue vigente el
diferenciar los ciudadanos plenos del lugar, políticamente debilitado, de la
mujer, el esclavo y los niños.
Nuevamente la infancia es, en el mejor de los casos,
promesa de ciudadanía.
C. Justamente, lo que quiero señalar es
lo siguiente: la infancia no afecta la ciudadanía, aunque se reconozca que los
ciudadanos tienen que proteger y cuidar a la infancia. Esta forma de en-tender
la ciudadanía como el dilema de: o ser “por naturaleza”, o “por contrato
social” responde, en ambos casos, a un orden supuestamente sostenido desde un
fundamento siempre igual a sí mismo, la esencia natural, o la subjetividad a
priori que opera en todos los individuos.
Parece obvio, entonces, que la infancia no participa
de la “vida activa”
(Propiamente política) ni siquiera de la “labor” ni
del “trabajo”, es decir no es “agente”, aunque tenga “pertenencia” a la polis,
y, por supuesto, la infancia no puede hacer un uso autónomo de su subjetividad,
reservada a la mayoría de edad, y por lo mismo no es tampoco “contrayente”,
aun-que tenga “derecho presocial”. Ni agente ni contrayente, porque así lo determinan
o el orden natural o la construcción social. No es casual que “infancia”, en
griego, se diga paideia (que implica conducir a los niños, criarlos, educarlos)
y que esté tan cercana la comprensión moderna de la infancia a la “disciplina”,
el discipulado que debe aprender el buen uso de la razón y de la libertad. Lo
curioso es que ambos términos, paideia y disciplina (tan cercanos a la infancia
relacionada con el orden político y social) tengan en su etimología y uso un
sentido, también, de “castigo”.
No sorprende, entonces, que Michel Foucault haya
dedicado buena parte de su producción a desenmascarar la episteme moderna, que
mediante el lugar del saber se propuso disciplinar, vigilar y castigar. Es
decir, definir la “normalidad” que nombra al buen ciudadano, y, obviamente, a
la buena mujer, al buen trabajador y, sobre todo, al buen niño, bien
disciplinado, es decir: bien educado.
D. De la mano de los llamados “maestros
de la sospecha” ya la segunda mitad del siglo XIX y todo el siglo XX se caracteriza
por una crisis del fundamento, tanto puesto en una naturaleza esencial o como
puesto en un sujeto descontextualizado (a priori) habitante del supuesto
“estado de naturaleza”. Y comienza un lento trabajo de genealogía de los
valores y conceptos, un programa de de-construcción de haber creído que lo mismo
es igual a sí mismo, como una forma “ilusoria” de conjurar lo nuevo y el
tiempo. Entonces la realidad
(lo que la larga historia de la filosofía llamó el
“ser”) empieza a entenderse como acontecer, donde lo mismo no es lo igual ni
logra conjurar la diferencia y lo nuevo.
Es en este contexto de profunda crisis civilizatoria
que tiene sentido afirmar que la infancia, es, justamente, un acontecimiento
ciudadano, y quien convierte a la ciudadanía misma en acontecimiento,
deconstruyendo la ilusión de lo siempre igual a sí mismo, ya sea por
naturaleza, ya por contrato, ocultando el sentido político de la infancia.
Atendamos a lo primero. La infancia es un
acontecimiento ciudadano, es decir, político. Y lo es, en primer lugar, porque la
infancia son los “recién llegados”, que entran al espacio público no sólo
abriendo sus fronteras (mo-viendo el supuesto piso inconmovible o borrando el
supuesto horizonte de una mirada congelada) sino que, además, en tanto otros en
cuanto otros, simplemente con su rostro y “epifanía” interpelan éticamente y
dicen: hénos aquí, no nos violenten, no nos reduzcan a lo mismo5.
Como intenté formularlo hace un tiempo, en este mismo contexto del Congreso de la REDUEI, la infancia más que
ausencia de habla es facundia interpelante, es decir, exigencia ética de
justicia6.
Y quiero agregar algo más: es la infancia la que
revela lo más profundo de la existencia humana, que “estamos, meramente
estamos”, y que es ilusorio pretender ser sin estar, porque el pensamiento no
se ve ni se toca, pero pesa, está gravitado por el suelo que habitamos. Y lo
re-vela precisamente porque el estar, meramente estar, como dice Rodolfo Kusch,
no es sino la indigencia originaria, el hambre que va desde el pan hasta la
divinidad7. Es decir, lo que genera comunidad política y cultural, y
en última instancia fundamenta la educación. La infancia disloca el estar
sentados en una ciudadanía puramente formal (sentido etimológico del “ser”, que
es “sedere”, estar sentados) y disrumpe, desde el estar, meramente, estar,
poniendo de pie y preparando para la marcha (es el sentido del stare
contrapuesto al sedere, precisamente).
08 NUDOS
CRÍTICOS Y DESAFÍOS EN EDUCACIÓN.
Construyendo una agenda ciudadana
Lo que la infancia como acontecimiento ciudadano, es
decir, político, está diciendo es, simplemente, que lo mismo no es lo igual,
que no se puede violentar al otro en cuanto otro, y que la única forma
auténtica de ser es estando, sin ilusionarnos con un ser sin estar, o una ciudadanía
sin infancia.
Es lo que, a su manera, sostiene Agamben en su libro
Infancia e Historia8: no es posible que haya historia sin infancia,
porque sin infancia no hay experiencia, es decir, tanteo de la palabra que
irrumpe en el código de la lengua y se constituye como sujeto que habla,
piensa, actúa y –por lo mismo- inaugura siempre de nuevo el espacio de lo
público y posibilita que haya historia, es decir: memoria y esperanza.
La infancia, es cierto y como tanto ha sido
reflexionado, es una etapa biológica y es una construcción socio-histórica,
pero antes que todo eso simplemente está, interpela éticamente, acontece
políticamente. Y precisamente es acontecimiento ciudadano porque está-siendo
facundia interpelante que des-obra (como se expresan Blanchot y Nancy9)
la comunidad política para que tenga lugar lo que acontece como nuevo: esta
comunidad ausente-presente en todo intento de vida social.
No hay ciudadanía sin infancia, porque no la hay sin
experiencia y sin historia, porque no es auténtica si pretende ser sin estar,
porque es injusta si pretende reducir la alteridad en cuanto tal a la mismidad.
Justamente y parafraseando a Agamben hablando de la experiencia, se pretende
“controlar” la infancia, y entonces no es experiencia sino experimento, o se
pretende “banalizarla”, y entonces tampoco es experiencia sino simplemente
“tiempo feliz e intrascendente”, por supuesto muy lejos de la ciudadanía.
Me animo a proponer lo inverso, y es lo segundo que
quería plantear, es la infancia la que nos hace entender la ciudadanía misma
como acontecimiento, y no como una cualidad natural o meramente contractual,
que indica el paso de un estado a otro. Porque hay infancia los ciudadanos
podremos, sin miedo y sin vergüenza, saber que antes que nada estamos, meramente
estamos, tanteando símbolos o aciertos fundantes que den sentido a la vida,
saber, además, que somos profundamente vulnerables precisamente porque nos toca
la interpelación ética del otro en cuanto otro (sin ilusionarnos que a nosotros
nadie nos toca), es decir, que estamos desde siempre expuestos al rostro del
otro en cuanto otro. Y entonces entenderemos que somos desde siempre
responsables y guardianes de nuestros hermanos, porque somos responsables del
“mundo” y de los “recién llegados”, como se expresa H. Arendt.
A la luz de todo esto quizás entendamos finalmente
que sólo tiene sentido la paideia y la disciplina si comprendemos que la
infancia, como acontecimiento político es, a su vez, una verdadera “andreia” y
“gineia”, si me lo permiten, porque es la infancia la que nos conduce, hombres
y mujeres, a una ciudadanía que sea realmente convivencia justa, comunidad, y,
simultáneamente respete la igualdad y la libertad de cada uno.
Por eso es cierto que una educación de calidad, que
la igualdad de oportunidades, que el progreso moral de la humanidad, que la paz
perpetua –todos esos ideales que marcan la historia de la educación- empieza y
tiene sentido en el derecho universal a una educación inicial, que entienda a
la infancia como acontecimiento político, lo cual se traduce en la capacidad de
responder, la responsabilidad ciudadana, a la interpelación ética de los recién
llegados, que están aconteciendo y que nos permiten hacer historia, sin
confundir memoria con nostalgia, porque lo mismo no es lo igual, ni confundir
utopía con ilusión, “porque a esta hora exactamente hay un niño en la calle”,
hay una escuela y hay maestras y maestros responsables del mundo y de los
recién llegados.
..Es la infancia la que nosconduce,
hombres y mujeres, a una ciudadanía que sea realmente convivencia . Justa, comunidad, y simultáneamente
respete la igualdad y la libertad de cada uno.
1 El texto
fue originalmente una conferencia brindada en la Universidad de Luján,
encuentro de la REDUEI,
junio del 2011.
2 Es lo que
puso de relieve reciente-mente G.Agamben en su trabajo Homo Sacer. El poder
soberano y la nuda vita, Valencia, Pre-Textos, 2003.
3 Esta
distinción de los modos de vida está claramente explicitada en la Ética
a Nicómaco de Aristóteles.
4 La
distinción de “labor”, “trabajo” y vida activa fue magistralmente puesta
de relieve por H.Arendt en su libro Vita Activa (fue traducido como La
condición humana, Barcelona, Paidós, 1998).
5 Cfr. E.
Levinas: Totalidad e Infinito. En-sayo sobre la exterioridad, Salamanca,
Sigueme,1977.
6 Cfr-C.
Cullen: Entrañas éticas de la identidad docente, Bs.As., La Crujía, 2009.
7 Cfr. R.
Kusch: América Profunda., en Obras.Completas., T II Rosario, Ross, 2009,
pp.1-254.
8 Cfr.G.Agamben:
Infancia e Historia, Bs.As., Adriana hidalgo Editora, 2007
9 Cfr.
M.Blanchot: La comunidad incon-fensable, seguida de un postfacio de J.L.Nancy,
Madrid, Arena Libros, 2002.
Estracto tomado de: http://www.nuestracordoba.org.ar/documentos/Documento_Nudos_Criticos_en_Educacion.pdf
Red Ciudadana Nuestra Córdoba - info@nuestracordoba.org.ar - Córdoba, Argentina.
Difusión Pública.
Conclusión:
“El futuro de los niños es
siempre hoy” Gabriela Mistral
El
texto que tomamos como eje del desarrollo de nuestro blog, es para hacer un
aporte, difundiendo este desafío que conlleva la educación, que es la
construcción de la ciudadanía en la infancia, y cuyo compromiso, debe surgir en
la etapa de formación de los jóvenes docentes, de los que egresan y de los que
aún creen que es posible el cambio. Que el hecho de educar, no es solo impartir
conocimientos para el futuro, sino también contribuir a un crecimiento como
personas, como miembros de una sociedad, que es la nuestra. Que nos es propia
porque nos pertenece pero también porque la construimos día a día, juntos,
hombres, mujeres y niños. El pensamiento crítico debe ser una herramienta de
construcción que se debe enseñar desde la infancia, para poder así formar
ciudadanos críticos, reflexivos y solidarios como miembros de una sociedad que participa activamente en la toma
de sus decisiones y proyecta su futuro
como sociedad democrática.
La
etapa de la infancia más allá de ser, un estadio de desarrollo, es un momento
de aprendizaje puro, y como tal se debe apoyar a que ese aprendizaje sea desde
la propia participación y la propia experiencia. Es por ello que el artículo de
Carlos Cullen, nos interesó tanto porque si bien está definido de modo filosófico,
su contenido apunta sencillamente a orientar especialmente a la
autodeterminación de los niños, el derecho a decidir sobre lo que hace a su
educación e ideales. Y darle lugar a la propia participación y direccionamiento
de sus objetivos, lo que no implica que el docente deje librada al azar
semejante tarea, pero si desde la capacitación ética y pedagógica orientar este
crecimiento sin restarle importancia al presente, porque el futuro se construye
cada día pero el presente es hoy y “hoy los niños son ciudadanos”.
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